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Relámpagos en la península – Manuel Mathar

Más allá de viejos problemas, con nuevos colores y luces, desde los exilios.

 

Por muchos años ese monstruo de mil caras que es la Ciudad de México ha sido representado metafóricamente en gris. Así gris por la dominante presencia del pavimento que plancha a sus paisajes, pero también gris por los indicios de existencia macilenta, aséptica, opaca, mediocroncilla, y tristona que sus órdenes urbanos imponen a sus apurados moradores.  

En realidad no es tan gris. Gris es donde plancha, entre la neblina inmutable y la inseguridad sigilosa, una irradiación omnímoda, como la que conforma al rencor, al miedo, a la venganza infinita. Pues con justicia, el ex-df es mas bien gris verde, gris rojo (la violencia recurrente, si), como también gris rosa, gris naranja, grises que se funden en azules, donde también deambula el blues de la resignación, sobrevive la menguada esperanza, y la soledad es disimulada.

De ahí nos movimos hace poco. Nos sacudieron el último terremoto, y otro sismo, aún en perspectiva y examen optimista, el multi coloreado en urnas de amparos. Así, animados por esas energías persuasivas, además de los imperativos de oxigenación que también es metáfora de inhalar-exhalar nueva efectividad, aterrizamos en otros climas e iluminaciones que empatan con colores, alegóricos y somáticos, como también paradigmáticos, particularmente en la experiencia pictórica de Manuel, ahora en una coyuntura de complejización entre el ejercicio análogo y la exploración virtual.

De eso entonces Mathar, -acaso como Picasso con sus períodos rosa y azul-, ahora en su periodo RGB (colores primarios aditivos red-green-blue) y sus conjugaciones. Paleta guiada por la efectividad del diseño en la web, en las condiciones del orden virtual -nuestra otra realidad infranqueable- que fluye competente en las pantallas de computadoras, y a la par, acorde a las recientes experiencias de Manuel, en el transcurso consuetudinario del tiempo, como lo vive en su nuevo -fulgente- hábitat en la Península de Yucatán. 

Otro elemento renovado es el que permite a Manuel concertar irónicamente “planteamientos del problema”, enfoque recurrente en varios momentos de su proceso, pero que ahora, en el horizonte abierto y muy extenso de Yucatán, y paradójicamente depurado por la pantalla digital, va encontrando ingeniosas graduaciones de articulación. Echando mano de objetos de cotidianos de una mesa para comer, ha puesto a deliberación sus emplazamientos en un horizonte utópico. Estas dinámicas analíticas manifiestan la prerrogativa de comprensión y de eventual mejoramiento, entre la brecha del estado actual y el estado deseado de un proceso, que no ha de resolverse más allá del idóneo diseño de iluminación, y de la superficie de un lienzo: “las diferentes perspectivas que se generan dependiendo de la posición de donde los colores son observados”, anuncia el señor pintor.

Noto también en esta otra faceta en el trabajo de Mathar que las “presencias” han dejado de ser sujeto de apuesta agudamente fantástica. En efecto, ya no se pasean fantasmas, como tampoco personajes en situaciones oníricas. Parece que las impugnaciones han sido mitigadas en una atmósfera de comedimiento donde las protagonistas, mujeres no tan jóvenes, declaran que han encontrado satisfacciones liberadoras. Evocan resueltamente a cierta conquista feminista, y parecen no estar asociadas con un paisaje concreto, al menos no su hogar, sino captadas en la dimensión de un foro neutral, incluso lo suficientemente tácito en función de una ufana proclama.

Bueno, esto es lo que hasta ahora alcanzo a ver de lo que está haciendo aquel zorro, aunque hay días acá en la verde roja -si, otra vez violentada- Cuernavaca a donde vine a supuestamente renovarme, que mi visión se parece más a la de un topo. Ni modo. A cambio tengo más grandes las orejas de tanto escuchar cuijas en celo, y el quieto vibrar de hojas.

Guillermo Santamarina. Primavera de 2019.

Manuel Mathar: ig @manuelmathar  

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