El silencio de las cosas – Iván Krassoievitch

El origen de la poesía se confunde con el origen mismo del lenguaje. Tal vez sería mejor preguntarnos cuándo fue que el lenguaje verbal dejó de ser poesía. O mejor aún: cuál es el origen del discurso no-poético, ya que la poesía, en tanto restituye las relaciones más íntimas entre los signos y las cosas, nos remite a un uso muy primario del lenguaje, que parece anterior al rostro que tiene en las aulas, periódicos, conferencias, debates, discursos, ensayos o conversaciones telefónicas.

Podríamos decir que la poesía, a través de un uso singular de la lengua, restituye la integridad entre nombre y cosa que el tiempo y las culturas del hombre civilizado han intentado separar a lo largo de la historia. La manifestación de aquello que llamamos poesía, nos sugiere mínimos flashbacks de una posible infancia del lenguaje, antes de que la representación rompiera el cordón umbilical y provocara esa separación entre significante y significado.

Pero ¿existió ese tiempo? ¿Un tiempo en el que la poesía no tenía cabida porque se hallaba en todo cuanto era dicho? ¿Un tiempo en el que el nombre de la cosa formaba parte de esa cosa, tanto como su color, su peso y su tamaño? ¿Un tiempo en el que las relaciones entre los sentidos aún no se fracturaban, permitiendo que música, poesía, pensamiento, danza, imagen, olor, sabor y consistencia se conjugaran en experiencias integrales, vinculadas a fines prácticos, mágicos, curativos, religiosos, sexuales, guerreros?

Es posible que tales suposiciones, proyectadas sobre un pasado pre-babélico, tribal, primitivo, tengan algo de utópicas. Pero es posible también que cada nuevo poema que descubre el presente, cree, con su sola presencia, un poco de ese pasado.

Recuerdo que alguna vez leí un comentario de Décio Pignatari en el que decía que, curiosamente, tanto en chino como en tupí, no existe el verbo ser como verbo copulativo. Es decir, que el ser de las cosas dichas se encuentra en las cosas mismas (en los sustantivos), no en una partícula verbal por fuera, lo que las convertiría en lenguas poéticas por naturaleza, más propensas a la composición analógica.

En el diccionario, en su estado de lengua, las palabras fungen como intermediarias en nuestra relación con las cosas, es decir, impiden nuestro contacto directo con ellas. El lenguaje poético invierte esa relación, ya que se vuelve, en sí mismo, cosa, y ofrece una vía de acceso sensible más directo entre nosotros y el mundo.

En Marxismo y filosofía del lenguaje, Mijaíl Bajtín señala que “el estudio de las lenguas de los pueblos primitivos y la paleontología contemporánea de las significaciones, nos llevan a una conclusión acerca de la llamada ‘complejidad’ del pensamiento primitivo. El hombre prehistórico usaba una misma y única palabra para designar manifestaciones diversas que, a nuestro parecer, no presentan ninguna relación entre sí. De igual forma, una misma palabra podía designar conceptos diametralmente opuestos: lo alto y lo bajo, la tierra y el cielo, el bien y el mal, etcétera”. Estos usos, que resultan completamente extraños al lenguaje referencial, son bastante familiares al de la poesía, ya que elabora sus paradojas, dobles sentidos, analogías y ambigüedades para generar nuevas significaciones en los signos de siempre.

Hoy hemos perdido la inocencia de un lenguaje con esa plenitud. Las palabras se han desligado de las cosas, al igual que los ojos se han desligado de los oídos y la creación se ha desligado de la vida. Pero aún nos quedan esos pequeños oasis llamados poemas, que continúan perturbando el desierto de la referencialidad.

 

Arnaldo Antunes, 12 Poemas para dançarmos

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@Ivan Krassoievitch

 

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